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Bye, bye America.

Savannah

Philadelphia

En autocar hacia Nueva York

The Jane Hotel, NY.

Ameciendo desde la ventanilla del avión ya en Frankfurt.


Savannah, Georgia. Última ciudad por descubrir antes de nuestra vuelta a Philadelphia. Cuando me interesé por esta ciudad buscando fotos en google, me atrajo porque la veía diferente al resto de ciudades americanas. Y vaya si lo era. Sin embargo me topé con una ciudad distinta a lo que tenía en mente, lejos de desagradarme, me gustó aún más. Quizá influyó el que ese día hubiese fiesta, las calles estaban llenas de vida. Sólo pudimos disfrutarla de noche, recuerdo que hacía calor, fuegos artificiales y jóvenes haciendo un baile en la plaza de manera espontánea. Era una ciudad alegre. La zona del puerto tenía ese sabor de ciudad escocesa, era como pasear por Edimburgo en una cálida noche de verano. Tomamos ostras y probamos la cerveza local. Y con las mismas a la mañana siguiente nos despedimos del calor de la costa este americana para proseguir nuestro largo viaje.

Se trataba, como en nuestro primer día, de hacer kms. y kms. hasta el final, hasta que nuestro cuerpo no pudiese más. Pero nos lo tomamos con calma. Paramos en un outlet a la altura de North Carolina -ya no había tornados pero recuerdo haber visto trozos de piscinas prefabricadas desperdigados por el campo, ¿habrían salido volando? daba miedo sólo pensarlo-. Anocheciendo llegamos a Richmond para toparnos con un nuevo atasco y ya no paró hasta Washington. Relámpagos a lo lejos y muchísima lluvia acompañándonos en este último tramo. Fue emocionante, pero no se lo deseo a nadie. Casi las once de la noche, no nos decidíamos por ningún hotel y seguíamos y seguíamos estando cada vez más cerca de Philadelphia. Juro que me veía durmiendo en la calle esa noche. Pasamos hasta dos peajes y empezamos a ir parando en distintos hoteles, preguntando precios. Aquello fue toda una experiencia, a cual más caro y situación más extraña. Primer hotel, no recuerdo la cadena hotelera, sólo que salió la recepcionista a atenderme y me dijo un precio muy elevado, le contesté que iba a comentarlo a mi acompañante, supongo que todavía me estará esperando porque salimos pitando. Segundo hotel. Recepcionista medio dormido, conversación surrealista, muy caro, volvemos a irnos pitando. Tercer hotel, puerta delantera cerrada, afuera un mendigo durmiendo en un banco ¡pero si estaba en medio de la nada! ¿qué hacía ese hombre allí? Total, el recepcionista me indica que vaya por detrás, un hindi simpático pero no me convenció el precio. Seguimos buscando. La situación empezaba a ser desesperada. Pero íbamos a dormir muy poco y pagar un pastón por un hotel de carretera no era un plan que nos hiciese mucha gracia. Último hotel al lado de un aeropuerto, este sí lo recuerdo, era un Quality Inn, pensamos: tendrá buen precio. Todo lo contrario, el más caro de todos. Para colmo el recepcionista ya me estaba pidiendo la documentación y la tarjeta de crédito sin haberme dicho el precio. Salí por patas de allí. Encima nos habíamos metido por una carretera extraña para llegar a ese hotel, era complicado salir. En algún punto del tour nocturno hasta nos topamos con un ciervo, estaba asustado aunque no sé si nosotros aún más, despacio para que no se avalanzase, conseguimos evitarlo. Al final, una confusión a la hora de salir a la autopista nos llevó hasta un Motel 6. Verlo a lo lejos fue como ¡lo tenemos! Y así fue. Justo el precio que buscábamos, una cama para descansar y una ducha. Nada más. Era el típico motel de las películas, viejo y decadente, pero no importaba.

Dormimos bien aquella noche, no teníamos que madrugar, a menos de 60 kms de Philadelphia, estábamos dejando el coche a las once de la mañana. Nos quedaban aún unas horas para conocer sus calles. La ciudad se ve en un día, medio para visitar los puntos principales y otro medio para visitar el museo de arte donde se encuentra una de las obras más importantes de Marcel Duchamp. A esto último no nos dio tiempo, pero sé que volveré para verlo algún día. Lo cierto es que es una ciudad muy agradable, con espacios verdes, un casco histórico pequeño y un city hall impresionante, de verás uno de los más bellos ayuntamientos que jamás había visto -y eso que en Bélgica y Alemania hay unos cuantos-. Finalizamos con la mejor hamburguesa probada en todo el viaje y cansados ya de estar con la maleta a cuestas, como teníamos un billete flexible para volver en el bus a Nueva York, decidimos marcharnos. Tuvimos suerte, porque creo que nos colamos, o no, se supone que compras un billete para un día, llegas y te pones a la cola, si entras en ese bus, estupendo, si no, te toca esperar al siguiente. Digo que nos colamos porque yo tenía marcada las 18:00 en el billete y eran las tres, pero parece ser que así es como funcionan allí.

Carretera en marcha y en bus así fue como conocimos los famosos atascos newyorkinos del tunel de Lincoln. Pero a las 18:30 estábamos de nuevo en la Gran Manzana, dispuestos a pasar nuestra última noche en América. Para la ocasión, un hotel especial, The Jane. Hotel histórico donde los haya, se compone principalmente de habitaciones que asemejan camarotes de un barco. Fue el lugar donde los supervivientes del Titanic pasaron la noche cuando llegaron a Nueva York. Un lugar donde los recepcionistas visten como auténticos botones con gorrito, donde los baños son compartidos pero dispones de albornoz y zapatillas gratuitos y donde duermes en una litera pero cada ocupante tiene su propia televisión de plasma. Lujo en espacio reducido, dificil olvidar aquello y dificil olvidar nuestro primer viaje a USA juntos y ese amanecer que nos decía "welcome to Germany again".

Bye, bye America. ¡Hasta la vista!

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