martes, 9 de noviembre de 2010


Como cada noche, la chica de la estación sale del trabajo. A la diez, puntual, no regala minutos a nadie. No quiere ver ni ser vista. Por eso se mete en su coche y se asegura que nadie la siga. Va despacio, pensando, escuchando las voces que hacen de radio en su cabeza. Llega a su lugar de peregrinaje diario y como en un ritual, se pinta los labios. En la estación, nadie la espera, no hay andén. Pero allí aguarda. Y así día tras día, desde hace dos años, la chica de la estación.....

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